Archivos Mensuales: abril 2012

Cuando sentimos que el estrés nos consume y no podemos más…

A veces, pasamos por periodos de nuestra vida en los que parece que se nos acaban las fuerzas y no podemos más. Esto sería debido a diferentes estresores cotidianos que inciden sobre nuestra salud poco a poco, es el denominado estrés.

El estrés depende de varios factores y de su interrelación entre ellos. Para que se dé una respuesta de estrés tiene que haber un agente estresor interno o externo lo suficientemente elevado e importante. A su vez, el estímulo debe ser percibido como una amenaza desde el punto de vista subjetivo de la propia persona, y por último, se ha de carecer de los medios para hacer frente a la posible amenaza con soltura y comodidad.

Dependiendo de estos tres factores un determinado agente estresor podrá provocar diferentes respuestas positivas o negativas: de placer, incomodidad, ansiedad, miedo ó pánico, entre otras.

Si el estímulo es percibido como un agresor y se mantiene durante un periodo de tiempo, el cuerpo responde frente a un peligro y pasará por varias fases: las fases de alarma, resistencia y agotamiento.

En cada fase se producirán los efectos negativos que sobre el organismo tiene el exceso de estrés acumulado cuando éste se mantiene en el tiempo más allá del propio nivel de adaptación de la persona.

Pero, ¿en qué consiste cada una de estas fases por las que pasamos cuando estamos siendo víctimas de un proceso de estrés?

En primer lugar, la fase de alarma llega cuando el cuerpo se da cuenta de que está sufriendo una amenaza inmediata y real y se defiende de ésta. El cuerpo responde a esta amenaza incluso sin que seamos conscientes de ello, y nos prepara para enfrentarnos a él con todas nuestras fuerzas. En esta fase el cuerpo se prepara a para la lucha o la huida ante el peligro. La lucha o la huida quemarán las energías y si todo salió bien, el cuerpo se recuperará con normalidad de este esfuerzo.

El inconveniente de esto es que una reacción ante una amenaza repetida en un gran número de veces por estresores menores, exige al cuerpo a someterse a una carga forzada de forma continua que no exenta de riesgos, por pequeño que sea el estresor, ya que el cuerpo lo va acumulando.

En segundo lugar, la fase de resistencia se da cuando la fase de alarma se repite reiteradas veces o se mantiene en el tiempo. Ante esto, el cuerpo reacciona adaptándose al esfuerzo que está sufriendo, como por ejemplo, vivir en un piso con vecinos ruidosos diariamente. En este caso, si no puede hacerse nada para volver al equilibrio normal, el cuerpo termina adaptándose a la situación dada, aunque esto tiene consecuencias, una sobrecarga en el cuerpo por haberle sacado del equilibrio en que se encontraba tan cómodo. Ante esta situación, el cuerpo sigue funcionando pero no de la misma manera que antes ya que estamos llevando una sobrecarga sobre nuestro cuerpo, que aunque nos adaptemos al nuevo esfuerzo, esto va incidiendo sobre nuestra salud poco a poco, incluso sin darnos cuenta muchas veces o considerándolo normal.

¿Qué efectos puedo notar cuando me encuentro en esta fase de resistencia?

•   Dolores de cabeza ocasionales, que se repiten poco a poco más a menudo

•   Una fatiga crónica que no parece desaparecer con el reposo, antes si lo hacía.

•   Problemas circulatorios, pesadez en las piernas, varices quizás.

•   Contracturas musculares en cuello, dorso y zona lumbar, que no ceden descansando.

•   Pérdida ocasional de memoria, que aumenta y me irrita al principio.

•   Dolores de estómago, problemas para hacer la digestión, estreñimiento.

•   Tics nerviosos.

•   Dificultad para dormir, o descansar.

•   Aumento de las adicciones, comida, bebida, tabaco.

•   Falta de concentración.

•   Pesimismo.

•   Sensación de fracaso

Y, por último, después de todo este proceso, llega la fase de agotamiento. Ésta se da cuando llega un momento en que el cuerpo no puede continuar más con el esfuerzo que está ejerciendo, tras la resistencia continua a la que está siendo sometido, ya que las energías se agotan. El equilibrio interno de la persona después de estar siendo amenazado durante un largo periodo de tiempo, se rompe. Debido a esto, el sistema inmune se ve afectado, al igual que disminuye la capacidad de resistir a los agentes patógenos de cualquier tipo, nuestra salud se resiente, incluso dando lugar a la aparición de una enfermedad.

Por ello, es muy importante identificar, cuanto antes, si estamos pasando por un periodo de estrés y tratarlo, principalmente cuando nos vienen los primeros síntomas en la fase de alarma, antes de llegar a la fase de agotamiento, puesto que la recuperación será mucho más tardía, incluso pudiendo dejar secuelas en nuestra salud como: Hipertensión, úlceras, infarto, cáncer, infecciones, etc.

 

Cuando nuestro cuerpo habla lo que el alma calla

Lo que sentimos tiene una gran influencia sobre nuestra salud. En muchas ocasiones nuestro cuerpo manifiesta a través de diferentes enfermedades lo que nuestro alma intenta ocultar.

Las emociones negativas, especialmente la tristeza, la ira o la ansiedad pueden socavar nuestra salud física y mental ¿Hay que vivir entonces sin emociones negativas? La respuesta es NO. Todas las emociones, tanto las positivas como las negativas son necesarias en nuestra vida diaria…es lógico que nos enfademos si algo no sale como esperamos o nos pongamos tristes si algo o alguien nos hace daño; el problema viene cuando seguimos sientiéndolas de forma sostenida en el tiempo. Así, se ha demostrado el efecto de la ira sobre nuestro sistema cardiovascular o el efecto de la tristeza o la ansiedad en una peor recuperación de una enfermedad.

Las emociones positivas parecen ser un factor protector ante las enfermedades, por ello es importante que las potenciemos. Tal y como señala Fredrickson (investigadora sobre salud y emoción) es importante vivir con emociones positivas y gestionar adecuadamente las negativas para garantizar una adecuada salud física y psicológica.

Tratamiento con Fármacos vs. Tratamiento Psicológico

Hola de nuevo!

Desde PsicoVitale queremos reflexionar sobre el tratamiento farmacológico. Muchos de nuestros pacientes nos han preguntado en qué consiste y qué diferencia hay con la terapia psicológica; por ello, vamos a abordar estos temas a lo largo de este post.

El tratamiento con fármacos utiliza diferentes medicamentos y consiste en un tratamiento sintomático, es decir, sirve para tratar los síntomas, que suelen ser los indicadores de que existe un problema, es decir, son aquellos aspectos que nos alertan que algo va mal.

Pensemos por ejemplo en una persona que describe su problema como taquicardia, insomnio, dificultad de concentración; la medicación que esta persona recibiría estaría enfocada a disminuir o eliminar la presencia de esos síntomas….pero ¿ha desaparecido el problema? La respuesta es claramente NO.

Vamos a pensar en otro ejemplo que puede ser más claro: una persona acude al médico con su brazo roto. El médico al preguntar por los síntomas el paciente señala sentir dolor en el brazo y dificultad para moverlo. Si el médico recetase un analgésico para el dolor el síntoma desaparecería pero el problema seguiría ahí…el brazo sólo dejaría de estar roto mediante otro tipo de tratamiento. Conclusión: La medicación sirve para tratar los síntomas pero no el verdadero problema.

Es cierto que en algunas situaciones la medicación puede ser necesaria para facilitar la adherencia al tratamiento psicológico, es decir, para que sea más fácil trabajar en terapia. La medicación debe considerarse por tanto como una “muleta” aunque si queremos solucionar el problema es necesario el trabajo personal,  tanto dentro como fuera de terapia.

Esperamos que este post haya sido de vuestro interés!

¿Cuándo acudir a un psicólogo?

Hola a tod@s!

Desde PsicoVitale queremos comenzar comentando un tema que es muy relevante para muchos de vosotros: ¿cuándo tengo que acudir a un psicólogo?

No existe una norma clara frente a cuando es el momento de acudir al psicólogo para solicitar ayuda, ya que un problema puede afectar de forma distinta a cada persona, por tanto es algo puramente subjetivo. De hecho muchas veces el problema no es algo que nos hace sentir miedo o inseguridad, sino el pensar que no tenemos recursos suficientes para enfrentarnos a eso.

Para valorar si es necesaria la ayuda psicológica es muy útil e importante observar si existen ciertos síntomas asociados, como por ejemplo ansiedad, pérdida o aumento de apetito, inquietud excesiva, insomnio o alteraciones del sueño, sensación de tristeza, cansancio inusual, falta de concentración, etc. También es importante valorar si se han producido cambios significativos últimamente en el ambiente familiar, laboral o personal que puedan haber desencadenado en parte el estado actual.

Debemos acudir al psicólogo cuando detectamos que uno o varios problemas bloquean nuestra vida inundándola de sensaciones desagradables, impidiéndonos gozar de sus aspectos positivos o placenteros. Por aquello de creernos autosuficientes, pensamos que seremos capaces de “salir de ésta”, y que lo que necesitamos es, simplemente, serenarnos y darle tiempo al tiempo.

Pedir es tan necesario como dar. No confundamos la autonomía a la hora de gestionar nuestras vidas con la negativa a solicitar la ayuda de otras personas para conducir esas acciones a buen puerto. El psicólogo no es un brujo que cura los males de nuestra psique, sino simplemente un experto en salud mental que actúa como asesor y acompañante y que intentará ayudarnos a que consigamos (siempre por nosotros mismos y desde nosotros mismos) las deseadas seguridad y estabilidad, propiciando un mejor discernimiento en la búsqueda de soluciones y potenciando nuestra autoestima.

Debemos acudir al psicólogo cuando…

  • Sintamos que la tristeza, la apatía y la falta de ilusión empiezan a agobiarnos y a emitirnos el siempre equivocado mensaje de que nuestras vidas carecen de sentido.
  • El negro o el gris tiñen frecuentemente nuestros pensamientos y nos vemos incapaces de encontrar algo positivo en nuestras vivencias cotidianas.
  • Todo a nuestro alrededor lo percibimos amenazante y nos sentimos solos, incomprendidos o desatendidos.
  • Pensamos que la desgracia se ha cebado en nosotros y comenzamos a asumir que todo nos sale mal y que las cosas no van a cambiar.
  • Estamos atenazados por miedos que nos impiden salir a la calle, relacionarnos con otras personas, permanecer en un sitio cerrado, hablar en público, viajar, etc.. Es decir, cuando el temor o la inseguridad nos impiden desarrollar nuestras habilidades y disfrutar de personas, animales y cosas que nos rodean.
  • La obsesión por padecer graves enfermedades o contagiarnos de ellas nos lleva a conductas extrañas y repetitivas, de las que no podemos prescindir sin que su ausencia nos genere ansiedad.
  • Nos sentimos más nerviosos de lo habitual y casi cualquier situación hace que perdamos el control y sólo sepamos responder con agresividad o con un llanto inconsolable.
  • Nos damos cuenta de que fumar, beber o consumir cualquier otra droga, apostar…, se ha convertido en una adicción de la que no sabemos salir y que genera perjuicios importantes en nuestra vida o en la que de quienes nos rodean.
  • El estrés empieza a mostrarse a través de sus síntomas psicosomáticos: insomnio, problemas digestivos, cardiovasculares, sexuales…
  • La ansiedad es una constante diaria, que impide la estabilidad y serenidad necesarias para mantener un pensamiento positivo, una conducta tranquila y el goce de los pequeños placeres cotidianos.
  • Los silencios, los desplantes o los gritos sustituyen al diálogo, y los problemas de comunicación enturbian nuestra relación con los demás.
  • Las dificultades sexuales afloran y vivimos la angustia que causan la impotencia, la falta de deseo o de sensaciones eróticas y, sobre todo, la imposibilidad de gozo y comunicación con la persona destinataria de nuestro amor.

Recuerda que durante la consulta con el psicólogo, cuanto mejor describas el problema que te angustia, con todas las personas y circunstancias que lo rodean y los posibles antecedentes personales o familiares, más preciso será el diagnóstico y la terapia prestada.

Ir al psicólogo para intentar solucionar un problema no significa que ya siempre debas acudir a su consulta, ni que estés “loco”, estos son dos tabúes muy implantados que carecen de fundamento.